|
Conservo el contrato que hace tres años me ofertó una
gran editorial madrileña para que escribiera “El gran
fanfarrón”, 300 folios sobre la vida política y
milagrera de Rodríguez Ibarra. En el se incluye la
entrega anticipada de 52.000 euros, para que pudiera
autoliberarme y dedicar 12 meses a escarbar en las
miserias del personaje. Pedí una semana para dar mi
respuesta, pero a la vuelta, nada más llegar a mi casa,
llamé para rechazar semejante tentación. Me hubieran
venido muy bien los 52.000 euros anticipados y a fondo
perdido si las ventas no alcanzaban ese porcentaje, me
hubiera venido muy bien el paseo mediático, vía
presentaciones del libro y me hubiera venido muy bien
ver en esa editorial dos novelas mías que se
comprometían a editar, pero dedicar 12 meses de mi vida
a bucear en las aguas cenagosas y pestilentes de la
existencia política de “El gran fanfarrón” es algo que
no sé si hubiera podido cumplir.
He escrito mucho sobre “el gran fanfarrón” y tengo un
cajón de recortes con miles de declaraciones de este ser
acomplejado y perverso que desde la democracia, pero con
la delectación de los dictadores caribeños, asfixió a
Extremadura durante 25 años. Tengo ordenadas sus
patochadas sobre terrorismo, Europa, la economía,
Extremadura, la democracia, el poder, el dinero…y me
hubiera sido muy fácil hacerme con todas sus
intervenciones en la Asamblea de Extremadura, lo que
hubiera dado para dos o tres tomos, pero creo que el
tipillo no merece la atención de un trabajo sistemático
sobre su persona y que de mi vida no puedo restar unos
meses para glosar sus paridas, aunque con la exclusiva
selección de sus mentiras podía cubrir el expediente.
“El gran fanfarrón” es un gran fanfarrón pero, sobre
todo, es un gran mentiroso. Ibarra es una trola con
barba.
A estas alturas y después de haberlo soportado y sufrido
durante 25 años, de “el gran fanfarrón” sólo conservo el
desprecio que me merecen los marisabidillos chiflados
que a base de morder sus complejos concluyen por ser
prepotentes. “El gran fanfarrón” está en mi memoria,
enquistado como el dolor que me produjo la picadura de
un alacrán cuando tenía cinco años. Todavía lo recuerdo,
pero ni el alacrán acabó conmigo ni “el gran fanfarrón”
tampoco.
Ahora “el gran fanfarrón” anuncia nuevamente su salida
de la política y, como suele, porque se repite más que
el ajo, vuelve a epatar al personar sentando sus
credenciales de díscolo en el seno del PSOE. Dice que se
va, que no se presenta a la reelección como secretario
general de PSOE, señalando una discrepancia que
finalmente no aclara, pero con una nueva trola,
pretendiendo vender su condición de díscolo universal
que no se calla… Y es verdad, no se calla ni cayéndose
de una barca. El pobre tipo es un adicto a las
luminarias, a los focos y a la atención mediática. Es un
actor irredento que necesita vivir en el escenario.
Creo que acerté al rechazar la oferta de la editorial y,
además, creo que en la editorial estaban confundidos
porque… ¿compraría alguien el libro? |